3.5.09

Inmortal (por amor al fútbol)

Aquellos que ya empiezan a tener una edad, digamos que de la generación de mi padre hacia arriba, cuando hablan de fútbol les brillan los ojos recordando a un equipo, el Brasil del 70. Dicen que el glorioso equipo, coronado en México, de Pelé, Tostao, Jairzinho y Rivelino es el mejor de todos los tiempos. Esos mismos privilegiados que vieron el último mundial de O’Rei todavía se deleitan contando las leyendas de otro equipo de ensueño, el Ajax de Cruyff, al que siguió la Naranja Mecánica en el Mundial del 74. Esas dos maravillas fueron los dos primeros equipos construidos intelectualmente desde el banquillo, producto de Rinus Michels, maestro de maestros. Mención aparte merece también el Bayern de Beckenbauer y Müller, tres veces campeón de Europa, como el Ajax, con el gran Udo Lattek en el banquillo, y luego Dettmar Cramer. Aquellos que ya tienen más de cuarenta, pero son demasiado jóvenes para recordar estas primeras estrellas del fútbol (y habría que añadir al Madrid de Di Stéfano y Puskas, y al Barça de Kubala), se conforman con hablar del Mundial del 86, de la Mano de Dios, de Diego Armando Maradona y ese gol del siglo cantado por Víctor Hugo Morales (“¡Barrilete cósmico!... ¿de qué planeta viniste?”).

Personalmente, el primer equipo con estrella en el firmamento del que puedo hablar es el grandioso Milan de Arrigo Sacchi. Un equipo de leyenda, una obra maestra continuada por Fabio Capello. El once de Sacchi es el primero que aprendí a recitar de memoria, hace ya años: Galli; Tassotti, Baresi, Costacurta, Maldini; Rijkaard, Ancelotti, Colombo; Donadoni, Gullit, Van Basten. Capello incluiría más tarde a Albertini, Desailly, Savicevic, Massaro y luego a Boban. Es el once que puso fin al Dream Team, en Atenas. Otra estrella, surgida del hombre más importante de la historia del fútbol, el Barça de Cruyff. Otro once de memoria: Zubizarreta; Ferrer, Koeman, Nadal; Bakero, Guardiola; Eusebio, Beguiristáin, Laudrup; Stoichkov, Salinas (sí, ya sé que falta Romário, pero lo aprendí así). A partir de ahí, sólo dos equipos tienen estrella en el firmamento: el Manchester de Ferguson, el del triplete de 1999. Y el Madrid de Zidane, coronado en Glasgow.

El partido de ayer en el Bernabéu está entre los cinco mejor partidos que he visto en mi vida. Es un partido para la Historia del fútbol, para la grande, para aquella en la que sólo entran los monumentos a este deporte. Cuando sea mayor seguiré hablando del Milan de Sacchi, de Baresi, Maldini, Gullit y Van Basten; hablaré del Barça de Cruyff, de Wembley y del 5-0; contaré las historias del Manchester de Schmeichel, Keane, Scholes, Beckham, Giggs y Cole; recordaré los partidos imborrables de Zidane, su gol al Bayer Leverkusen que le dio la Champions; y hablaré, y mucho, del Barça de Guardiola, del 2-6 en el Bernabéu.

Hablaré de Xavi, que ayer se movió y dominó el campo como sólo se lo he visto hacer a Zidane. Esos controles orientados, ese dominio técnico, esa visión de juego. Hablaré de Piqué y de su majuestosa salida desde atrás, de su plante milimétrico a todo delantero, de un partido que firmaría, sin duda, el gran Beckenbauer. Hablaré de Messi, ese monumento al fútbol que ayer se vistió de magia, dio un recital en la media punta, se apuntó dos goles y emmudeció al Bernabéu. Y hablaré de Puyol, ese símbolo, ese alma del barcelonismo, esa bandera, ese golpe de orgullo con la cabeza, ese beso a la senyera, que no olvidaré jamás. Y de Iniesta, un jugador único; Iniesta sólo existe en Iniesta. El partido del Barça de ayer es antólogico. Para disfrutarlo, voy como loco buscando cuando repetirán el partido. No hay equipo en el mundo que pueda ver lo que vimos ayer; Iniesta, Xavi, Xavi, Messi, Messi, Alves, Alves, Iniesta, y otra vez. El que no se deleita, de esto no entiende. Sólo aquellos que hemos jugado a fútbol sabemos lo improbable que es ver algo así en un campo. Cierto es que el Madrid salió con la defensa adelantada, cierto que Ramos midió mal el fuera de juego casi siempre, que Diarra jugó sólo y Gago hizo aguas, que Higuaín parecía un colegial y a Raúl ya no le quedaba nada. Cierto es también que Casillas salvó unas cuantas, y que Abidal no tuvo el mejor día. Pero nadie podrá borrar jamás esa imagen histórica de un Barça con seis canteranos titulares, y ocho en el partido, metiendo seis goles en el Bernabéu. Ayer también le hicieron un homenaje de honor a La Masia.

Y es que el fútbol está dónde ha estado siempre. Los hay que hablan, y hablan y vuelven a hablar de Cristano Ronaldo. Qué poco saben. El gran Manchester no lo dirigía ningún Cristiano Ronaldo, ni Giggs, ni Beckham. Si quitas a Scholes, ese Manchester no existe. El Milan de Sacchi no era el Milan de Donadoni, ni de Maldini, ni siquiera de Van Basten; era el Milan de Gullit. El Barça de Cruyff era de Guardiola y Laudrup. La Juventus de Lippi era Del Piero. Y el Madrid de la novena era Zidane. Como el Milan de Ancelotti es Kaká. Este Barça es de Xavi. Cuando hablan de Maradona y Pelé, me hace gracia oir de vez en cuando que Maradona es el mejor jugador de fútbol de la Historia. Maradona es el mejor jugador de pelota de la historia; el fútbol es Pelé. El fútbol no es Higuaín, no es Diarra, no es Gago. El fútbol es Zidane. La Italia del 94 no era Massaro, ni Albertini. Era Baggio, Roberto Baggio. Y hablan del ‘cuadrado mágico’ de la Francia de Fernández, Tigana, Giresse… pero el fútbol era uno, uno: Platini. El fútbol sigue estando ahí, dónde ha estado toda la vida.

Ayer el Barça de Guardiola puso su estrella en el firmamento. Una estrella muy alta, hoy inalcanzable. Faltaba un título que lo coronara, y ya lo tenemos: la Liga es nuestra. No olvidaremos nunca esta temporada, porque el fútbol hará bien en hacerle justicia y situarla a la altura de los grandes equipos de todos los tiempos. El Mundo decía ayer en su versión digital: “Una exhibición para la inmortalidad”. Eso es. El Barça de ayer es inmortal.